Buscador de contenido Catolico

lunes, 3 de mayo de 2010

Identidad teológica-pastoral y pedagogía del asesor de pastoral de juventud


Bookmark and Share

Hablar de ministerio es hablar de vocación. El asesor es, ante todo, un vocacionado, es decir, una persona llamada por Dios para cumplir una misión en la Iglesia. Como toda vocación, no es un llamado para sí mismo, sino para servicio de los demás. A través del obispo o del párroco que lo designan, el asesor es un enviado de la comunidad para anunciar y testimoniar el amor de Dios en medio de los jóvenes.

Por su propia naturaleza, la asesoría no es un ministerio protagónico, sino de apoyo: exige conocer, respetar, acompañar y promover los procesos de educación en la fe de los jóvenes. Es un servicio de amor que reconoce el valor del aporte juvenil en nombre de la Iglesia.

El asesor es una persona de Dios: una persona de oración y testimonio, que habla desde la profundidad y la experiencia de su vida y no desde la teoría y las cosas aprendidas. Va creciendo, viviendo, madurando con los jóvenes y haciéndose asesor desde dentro del proceso del mismo grupo.

Es una persona que conoce, ama y sirve a la Iglesia. Hace comunidad con los jóvenes y los ayuda a que sientan la Iglesia como una comunidad. Está en comunión con ella, es fiel a sus enseñanzas y reconoce tanto su realidad divina como sus limitaciones humanas. Se preocupa por conocer y seguir las líneas pastorales y las orientaciones de la Iglesia local en la que está trabajando, de la Pastoral Juvenil Nacional y Latinoamericana y especialmente, procura ser fiel a la propuesta de la Civilización del Amor como núcleo central del proyecto que la Iglesia propone a los jóvenes.

Se sabe enviado a todos los jóvenes. Esto lo lleva a superar los límites del pequeño grupo o de los jóvenes que están integrados en los grupos de la Pastoral Juvenil y dirigir su mirada y su atención a todos los jóvenes, especialmente a los más pobres y a quienes nunca han recibido el anuncio de Jesucristo liberador. Lo lleva, también, a no mirar a los jóvenes en su conjunto, sino en la diversidad de situaciones en que viven, sea por las actividades que realizan: campesinos, estudiantes, obreros, universitarios; sea por sus culturas propias: indígenas, afroamericanos; sea por las situaciones que condicionan sus vidas: migrantes, marginados, jóvenes en situaciones críticas...

El asesor es un educador. Actúa de acuerdo a la pedagogía de Dios y siguiendo el modelo que utilizó Jesús con sus discípulos. Como Dios con su pueblo, el asesor hace alianza con los jóvenes, escucha sus clamores, camina con ellos, les da su vida y deja que vayan haciendo su camino con libertad. Tiene una propuesta educativa clara y concreta para los jóvenes, que no impone sino que propone y sabe cómo llevarla a la práctica y hacerla realidad.

Educa desde la vida y para la vida. Acompaña los procesos personales y grupales de los jóvenes integrando acción, reflexión, convivencia y oración en una propuesta de cambio que da nuevo sentido a sus vidas. Transmite datos y elementos culturales de interés para la juventud, para su crecimiento y para su protagonismo en el proceso liberador. Aporta principalmente el testimonio de su propia vida y de su compromiso por la transformación de la Iglesia y de la sociedad, en coherencia con el proyecto de Jesús y los signos de los tiempos.

Desarrolla una pedagogía experiencial, participativa y transformadora (SD 119) y una metodología que integra el ver-juzgar-actuar-revisar-celebrar (SD 119). Promueve un trabajo planificado e integrado en la pastoral de conjunto y las demás instancias de coordinación a todos los niveles. Vela por la memoria histórica de los procesos generales y específicos y ayuda a los jóvenes a formular sus proyectos de vida y a descubrir su lugar y sus desafíos en las situaciones que les tocan vivir.

Reconoce el protagonismo de los jóvenes pero expresa, a la vez, la conciencia de que se necesitan vínculos estrechos y eficaces con las comunidades cristianas y en general con el mundo adulto que condiciona a los jóvenes y al que, a su vez, están llamados para ofrecer su aporte vital y creativo.

Tiene claro que su acompañamiento no es pasividad y no-intervención. Sabe bien que la cuestión no es influir o no influir, sino cómo influir y en qué dirección influir. Por eso realiza intervenciones educativas para generar cambios en la vida de los jóvenes y las reafirma con su testimonio de actor social y no sólo de señalador o ideólogo que evade la responsabilidad y el conflicto.

Como educador, se ubica entre los jóvenes como amigo maduro y orientador. Ayuda a formular susproblemas, a objetivar sus intereses y a posibilitar la búsqueda de soluciones; colabora en la sistematización de sus vivencias y en su confrontación con las teorías elaboradas, impulsa la articulación de su unidad de organización y acción y promueve su inserción en el medio y su vinculación con la sociedad más amplia. Individualiza los liderazgos y desarrolla estrategias para la captación de nuevos agentes para servicio del proceso. Hace ver a los jóvenes que su modo de actuar contiene ya, de cierta forma, el resultado que se quiere alcanzar. Para asegurar la continuidad de los procesos iniciados, plantea la necesidad de definir un tiempo estable y prudencial para prestar su servicio.