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martes, 29 de noviembre de 2011

Mensaje del Papa al iniciar el Adviento 2011


¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy iniciamos en toda la Iglesia el nuevo Año litúrgico: un nuevo camino de fe, a vivir juntos en las comunidades cristianas, pero también, como siempre, a recorrer dentro de la historia del mundo, para abrirla al misterio de Dios, a la salvación que viene de su amor. El Año litúrgico empieza con el Tiempo de Adviento: tiempo estupendo en el que se despierta en los corazones la espera de la vuelta de Cristo y la memoria de su primera venida, cuando se despojó de su gloria divina para asumir nuestra carne mortal.
“¡Velad!”. Este es el llamamiento de Jesús en el Evangelio de hoy. Lo dirige no sólo a sus discípulos, sino a todos: “¡Velad!” (Mt 13,37). Es una llamada saludable a recordar que la vida no tiene sólo la dimensión terrena, sino que es proyectada hacia un “más allá”, como una plantita que germina de la tierra y se abre hacia el cielo. Una plantita pensante, el hombre, dotada de libertad y responsabilidad, por lo que cada uno de nosotros será llamado a rendir cuentas de cómo ha vivido, de cómo ha usado las propias capacidades: si las ha conservado para sí o las ha hecho fructificar también para el bien de los hermanos.
También Isaías, el profeta del Adviento, nos hace reflexionar hoy con una sentida oración, dirigida a Dios en nombre del pueblo. Reconoce las faltas de su gente, y en un cierto momento dice: “Nadie invocaba tu nombre, nadie salía del letargo para adherirse a tí; porque tu nos escondías tu rostro y nos entregabas a nuestras maldades” (Is 64,6). ¿Cómo no quedar impresionados por esta descripción? Parece reflejar ciertos panoramas del mundo postmoderno: las ciudades donde la vida se hace anónima y horizontal, donde Dios parece ausente y el hombre el único amo, como si fuera él el artífice y el director de todo: construcciones, trabajo, economía, transportes, ciencias, técnica, todo parece depender sólo del hombre. Y a veces, en este mundo que parece casi perfecto, suceden cosas chocantes, o en la naturaleza, o en la sociedad, por las que pensamos que Dios pareciera haberse retirado, que nos hubiera, por así decir, abandonado a nosotros mismos.
En realidad, el verdadero “dueño” del mundo no es el hombre, sino Dios. El Evangelio dice: “Así que velad, porque no sabéis cuándo llegará el dueño de la casa, si al atardecer o a media noche, al canto del gallo o al amanecer. No sea que llegue de improviso y os encuentre dormidos” (Mc 13,35-36). El Tiempo de Adviento viene cada año a recordarnos esto para que nuestra vida reencuentre su justa orientación hacia el rostro de Dios. El rostro no de un “amo”, sino de un Padre y de un Amigo. Con la Virgen María, que nos guía en el camino del Adviento, hagamos nuestras las palabras del profeta. "Señor, tu eres nuestro padre; nosotros somos de arcilla y tu el que nos plasma, todos nosotros somos obra de tus manos” (Is 64,7).
CIUDAD DEL VATICANO, domingo 27 noviembre 2011 (ZENIT.org).-

viernes, 25 de noviembre de 2011

MENSAJE DE LA ASAMBLEA ORDINARIA DE LOS OBISPOS DE CENTRO AMÉRICA SÍNTESIS ESQUEMÁTICA


A nuestros sacerdotes, religiosos y religiosas, agentes de pastoral, pueblo católico, hermanos en la fe cristiana, a todos los centroamericanos, hombres y mujeres de buena voluntad:

Introducción

1.  Una reunión de Pastores llamados a vivir el amor a Jesucristo y su Iglesia  en la oración y donación de sí mismos al pueblo de Dios que presiden en la caridad.

2. Nuestra Asamblea: una rica experiencia de comunión y de fraternidad y un impulso a renovar con alegría nuestro ministerio como «pastores y guías espirituales de las comunidades.
En espíritu de oración y reflexión “ hemos compartido el camino de la Iglesia en los diferentes países y hemos discernido la voluntad de Dios frente a los retos de la realidad.”
Y en este espíritu…” deseamos dirigirles, a la luz de tres parábolas del evangelio, un mensaje de fe y de esperanza que, aun en medio de las oscuridades e incertidumbres de la historia, contribuya a reconocer la presencia del Reino de Dios en nuestros pueblos.

«Dejen que el trigo y la cizaña crezcan juntos hasta la cosecha» (Mt 13,30)

3. Jesús nos enseña que el Reino de Dios se abre paso en la historia en medio de la malicia y del pecado humano. Así, Jesús nos ayuda a ver la realidad:
--  con objetividad y esperanza
-- reconociendo las luces y sombras de la historia
-- confiando en la victoria final del proyecto de Dios (cf. Mt 13,24-30).

4. Signos del Reino de Dios en nuestro pueblo: el amor a la vida.
®     Arraigado en sus corazones como un distintivo cultural
®     Pero vivido en medio de la maleza de una alarmante violencia que reviste diversas formas y tiene diversos agentes: el crimen organizado y el narcotráfico, violencia común y creciente violencia intrafamiliar.
®     Ante esto el Estado debe implementar soluciones sociales y económicas contra estos flagelos.
®     Pero además, los cristianos debemos empeñarnos en el seguimiento de Cristo Redentor, a través de la oración por la paz y el compromiso por la vida y la justicia, sabiendo que «la radicalidad de la violencia sólo se resuelve con la radicalidad del amor redentor» (Aparecida, 543).



5. En medio de nuestros pueblos amantes de la verdad y la honestidad, y que han luchado siempre por la igualdad y la libertad…persisten todavía situaciones y estructuras adversas:
-- la exclusión social de inmensas mayorías pobres
-- la corrupción en la sociedad y en el Estado
-- el irrespeto a las leyes y a las instituciones democráticas
-- y la violación a los derechos humanos.
Todo ello rompe la armonía social, contribuye al crecimiento de la pobreza de gran parte de nuestra población y provoca la dolorosa migración forzada de muchos.
Otro signo del reino de Dios en nuestro pueblo: el aprecio por el valor de la familia todavía existente en nuestra sociedad,  amenazada por ideologías, leyes y situaciones de inseguridad económica.
Sabiendo que es el mismo Señor quien permite que crezcan juntos su trigo bueno y la maleza del mal … no permitamos que se oscurezca o debilite nuestro compromiso cristiano por vivir y anunciar los valores del Evangelio.

«El Reino es como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas» (Mc 4,31)

6. Jesús nos enseña que el Reino de Dios no llega necesariamente a través de acciones o gestos grandiosos, sino discretamente por medio de realizaciones humanas, inicialmente sencillas o limitadas.
Con estos pequeños gestos Él espera comprometernos generosamente en la construcción de su reino, descubriendo el valor decisivo del momento presente por insignificante que parezca (cf. Mc 4,30-32).

7. Algunos signos de vida eclesial:
®     La profunda «espiritualidad» de nuestro pueblo, que se aferra al amor de Dios y no pierde la esperanza aún viviendo situaciones dramáticas de dificultad y de dolor
®     La entrega generosa de tantos sacerdotes, religiosos (as) y laicos (as), que dan testimonio de Cristo y sirven a la Iglesia aun en medio de no pocas limitaciones y sacrificios
®     El camino de renovación de muchas de nuestras parroquias, que se abre paso a pesar de ciertas resistencias personales y estructurales.
®     La fe entusiasta de muchos jóvenes, «amigos y discípulos de Cristo» (Aparecida, 443), fermento de renovación de nuestra sociedad a la luz el Evangelio. La Iglesia desea ser cercana a los jóvenes, animando sus más nobles ideales, acompañándoles en su vida espiritual y colaborando en la formación de su conciencia social y política a la luz de los valores del Reino de Dios.




«Una vez salió un sembrador a sembrar» (Mc 4,3)

8. Es un anuncio esperanzador del Reino en labios  de Jesús: no la desesperanza de quienes no ven resultados inmediatos ¡Hay que proclamar siempre la Palabra con confianza en su eficacia transformadora, sin desanimarnos! por los aparentes fracasos y los corazones duros que no la reciben (cf. Mc 4,1-9).

9. Jesús sigue sembrando la semilla del Evangelio a través de la misión evangelizadora de la Iglesia, que comunica su vida a todas las personas, anunciando la Palabra, celebrando los Sacramentos y predicando la caridad» (Aparecida, 386). Es nuestro mayor deseo como Obispos de Centro América que nuestra Iglesia no cese de sembrar con ardor misionero la semilla del Evangelio (Aparecida, 362), comprometida por una vida mejor y más digna para todos, especialmente para los más pobres y marginados de la sociedad.

10. ¡La parábola del sembrador exige la fe! de quien lanza la semilla y la fe del terreno que la recibe (Cf. Mc 4,13-20).
®     Exhortamos a todo el pueblo de Dios a que acojamos con renovada gratitud del don de la fe, viviendo sus exigencias con coherencia y radicalidad.
®      Dóciles a la acción de Dios esforcémonos en vivir nuestra fe como camino de discipulado misionero, fruto de:
--  un encuentro profundo y continuamente renovado con Jesucristo
--  vivido en la comunión y participación activa en el seno de la comunidad eclesial
-- expresada proféticamente en el testimonio significativo y eficaz de los valores del Evangelio              en medio de la sociedad.


11. Manifestamos nuestra profunda gratitud a Adveniat, que está cumpliendo en este año cincuenta años de existencia, y a todo el pueblo católico de Alemania. Creada por los obispos alemanes con el propósito de apoyar en modo solidario el camino evangelizador de la Iglesia de América Latina, Adveniat se ha manifestado siempre cercana y generosa a las necesidades de nuestras iglesias centroamericanas. ¡Gracias por su generosidad y solidaridad!

12. Que la Virgen María, «la discípula más perfecta del Señor», quien «con su fe, llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo» (Aparecida, 266), ilumine con su amor maternal el camino de la Iglesia en Centro América, para que vivamos nuestra fe como ella, «tanto en la actitud de escucha orante como en la generosidad del compromiso en la misión y el anuncio» (Verbum Domini, 28).

Dado en Tegucigalpa, Honduras, el veintitrés de noviembre de dos mil once.


Mons. Leopoldo José Brenes Solórzano                                Mons. Jorge Solórzano Pérez
Arzobispo de Managua, Nicaragua                                       Obispo de Granada, Nicaragua
Presidente del SEDAC                                                                    Secretario General del SEDAC



jueves, 24 de noviembre de 2011

Adviento- ACI-PRENSA


Adviento
Latin ad-venio, llegar.

  Conforme al uso actual [1910], el Adviento es un tiempo litúrgico que comienza en el Domingo más cercano a la fiesta de San Andrés Apóstol (30 de Noviembre) y abarca cuatro Domingos. El primer Domingo puede adelantarse hasta el 27 de Noviembre, y entonces el Adviento tiene veintiocho días, o retrasarse hasta el 3 de Diciembre, teniendo solo veintiún días.

  Con el Adviento comienza el año lesiástico en las Iglesias occidentales. Durante este tiempo los creyentes son exhortados

  * a prepararse dignamente a celebrar el aniversario de la venida del Señor al mundo como la encarnación del Dios de amor,

  * de manera que sus almas sean moradas aduadas al Redentor que viene a través de la Sagrada Comunión y de la gracia, y

  * en consuencia estén preparadas para su venida final como juez, en la muerte y en el fin del mundo.

  Simbolismo

  La Iglesia prepara la Liturgia en este tiempo para lograr este fin. En la oración oficial, el Breviario, en el Invitatorio de Maitines, llama a sus ministros a adorar "al Rey que viene, al Señor que se acerca", "al Señor que está cerca", " al que mañana contemplaréis su gloria". Como Primera Ltura del Oficio de Ltura introduce capítulos del profeta Isaías, que hablan en términos hirientes de la ingratitud de la casa de Israel, el hijo escogido que ha abandonado y olvidado a su Padre; que anuncian al Varón de Dolores herido por los pados de su pueblo; que describen fielmente la pasión y muerte del Redentor que viene y su gloria final; que anuncian la congregación de los Gentiles en torno al Monte Santo. La Segunda Ltura del Oficio de Ltura en tres Domingos están tomadas de la octava homilía del Papa San León (440-461) sobre el ayuno y la limosna como preparación para la venida del Señor, y en uno de los Domingos (el segundo) del comentario de San Jerónimo sobre Isaías 11:1, cuyo texto él interpreta referido a Santa María Virgen como "el renuevo del tronco de Jesé". En los himnos del tiempo encontramos alabanzas a la venida de Cristo como Redentor, el Creador del universo, combinados con súplicas al juez del mundo que viene para protegernos del enemigo. Similares ideas son expresadas los últimos siete días anteriores a la Vigilia de Navidad en las antífonas del Magnificat . En ellas, la Iglesia pide a la Sabiduría Divina que nos muestre el camino de la salvación; a la Llave de David que nos libre de la cautividad; al Sol que nace de lo alto que venga a iluminar nuestras tinieblas y sombras de muerte, etc. En las Misas es mostrada la intención de la Iglesia en la elección de las Epístolas y Evangelios. En las Epístolas se exhorta al creyente para que, dada la cercanía del Redentor , deje las actividades de las tinieblas y se pertrhe con las armas de la luz; que se conduzca como en pleno día, con dignidad, y vestido del Señor Jesucristo; muestra como las naciones son llamadas a alabar el nombre del Señor; invita a estar alegres en la cercanía del Señor, de manera que la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodie los corazones y pensamientos en Cristo Jesús; exhorta a no juzgar, a dejar que venga el Señor, que manifestará los secretos escondidos en los corazones. En los Evangelios la Iglesia habla del Señor que viene en su gloria; de Aquel en el que, y a través del que, las profías son cumplidas; del Guía Eterno en medio de los Judíos; de la voz en el desierto, "Preparad el camino del Señor". La Iglesia en su Liturgia nos devuelve en espíritu al tiempo anterior a la encarnación del Hijo de Dios, como si aún no hubiera tenido lugar. El Cardinal Wiseman ha dicho:

  Estamos no sólo exhortados a sacar provho del bendito acontimiento, sino a suspirar diariamente como nuestros antiguos Padres, "Cielos, destilad el rocío; nubes, derramad al Justo: ábrase la tierra y brote la salvación." Las Coltas en tres de los cuatro Domingos de este tiempo empiezan con las palabras, "Señor, muestra tu poder y ven" - como si el temor a nuestras iniquidades previniera su nacimiento.

  Duración y Ritual

  Todos los días de Adviento debe celebrarse el Oficio y Misa del Domingo o Feria correspondiente, o al menos debe ser hecha una Conmemoración de los mismos, independientemente del grado de la fiesta celebrada. En el Oficio Divino el Te Deum, jubiloso himno de alabanza y acción de gracias, se omite; en la Misa el Gloria in excelsis no se dice. El Alleluia, sin embargo, se mantiene. Durante este tiempo no puede hacerse la solemnización del matrimonio (Misa y Bendición Nupcial); incluyendo en la prohibición la fiesta de la Epifanía. El celebrante y los ministros consagrados usan vestiduras violeta. El diácono y subdiácono en la Misa, en lugar de las dalmáticas usadas normalmente, llevan casullas plegadas. El subdiácono se la quita durante la lectura de la Epístola, y el diácono la cambia por otra, o por una estola más ancha, puesta sobre el hombro izquierdo entre el canto del Evangelio y la Comunión. Se hace una excepción en el tercer Domingo (Domingo Gaudete), en el que las vestiduras pueden ser rosa, o de un violeta enriquido; los ministros consagrados pueden en este Domingo vestir dalmáticas, que también pueden ser usadas en la Vigilia de la Navidad, aunque fuera en el cuarto Domingo de Adviento. El Papa Inocencio III (1198-1216) establió el negro como el color a ser usado durante el Adviento, pero el violeta ya estaba en uso al final del siglo tre. Binterim dice que había también una ley por la que las pinturas debían ser cubiertas durante el Adviento. Las flores y las reliquias de Santos no debían colocarse sobre los altares durante el Oficio y las Misas de este tiempo, excepto en el tercer Domingo; y la misma prohibición y excepción existía relacionada con el uso del órgano. La idea popular de que las cuatro semanas de Adviento simbolizan los cuatro mil años de tinieblas en las que el mundo estaba envuelto antes de la venida de Cristo no encuentra confirmación en la Liturgia.

  Origen Histórico

  No se puede determinar con exactitud cuando fue por primera vez introducida en la Iglesia la celebración del Adviento. La preparación para la fiesta de la Navidad no debió ser anterior a la existencia de la misma fiesta, y de ésta no encontramos evidencia antes del final del siglo cuarto cuando, de acuerdo con Duchesne [Christian Worship (London, 1904), 260], era celebrada en toda la Iglesia, por algunos el 25 de Diciembre, por otros el 6 de Enero. De tal preparación leemos en las Actas de un sínodo de Zaragoza en el 380, cuyo cuarto canon prescribe que desde el diisiete de Diciembre hasta la fiesta de la Epifanía nadie debiera permitirse la ausencia de la iglesia. Tenemos dos homilías de San Máximo, Obispo de Turín (415-466), intituladas "In Adventu Domini", pero no hacen referencia a ningún tiempo espial. El título puede ser la adición de un copista. Existen algunas homilías, probablemente la mayor parte de San Cesáreo, Obispo de Arlés (502-542), en las que encontramos mención de una preparación antes de la Navidad; todavía, a juzgar por el contexto, no pare que exista ninguna ley general sobre la materia. Un sínodo desarrollado (581) en Mâcon, en la Galia, en su canon noveno ordena que desde el once de Noviembre hasta la Navidad el Sacrificio sea ofrido de acuerdo al rito Cuaresmal los Lunes, Miércoles, y Viernes de la semana. El Sacramentario Gelasiano anota cinco domingos para el tiempo; estos cinco eran reducidos a cuatro por el Papa San Gregorio VII (1073-85). La colción de homilías de San Gregorio el Grande (590-604) empieza con un sermón para el segundo Domingo de Adviento. En el 650 el Adviento era celebrado en España con cinco Domingos. Varios sínodos hicieron cánones sobre los ayunos a observar durante este tiempo, algunos empezaban el once de Noviembre, otros el quince, y otros con el equinoccio de otoño. Otros sínodos prohibían la celebración del matrimonio. En la Iglesia Griega no encontramos documentos sobre la observancia del Adviento hasta el siglo octavo. San Teodoro el Estudita (m. 826), que habló de las fiestas y ayunos celebrados comúnmente por los Griegos, no hace mención de este tiempo. En el siglo octavo encontramos que, desde el 15 Noviembre a la Navidad, es observado no como una celebración litúrgica, sino como un tiempo de ayuno y abstinencia que, de acuerdo a Goar, fue posteriormente reducido a siete días. Pero un concilio de los Rutenianos (1720) ordenaba el ayuno de acuerdo a la vieja regla desde el quince de Noviembre. Esta es la regla al menos para algunos de los Griegos. De manera similar, los ritos Ambrosiano y Mozárabe no tienen liturgia espial para el Adviento, sino sólo el ayuno.

  FRANCIS MERSHMAN

  Transcrito por Carl H. Horst

  Traducido por Juan I. Cuadrado

  The Catholic Encyclopedia, Volume I, Copyright (c) 1907 by Robert Appleton Company. Online Edition Copyright (c) 1999 by Kevin Knight

  Enciclopedia Católica, Copyright (c) ACI-PRENSA

ADVIENTO Diccionario de San Juan de Ávila, BAC, Madrid 1998



El tema del "adviento" aparece en los sermones del tiempo litúrgico (Ser 1-3) y en numerosas cartas, en las que se hace referencia a la preparación espiritual para Navidad. Preparar la venida del Señor equivale a suscitar unos deseos de Dios que se concreten en compromisos de renovación. "Este tiempo de Adviento tiempo santo es, instituido para aparejarse el hombre, para aposentar a Dios" (Ser 3, 53ss). Es el tiempo de "aparejar posada a nuestro Señor y de saberlo tratar" (Carta 87, 1ss).

La primera venida de Cristo fue preparada durante siglos con la predicación profética. La última venida del juicio final es la que preparamos en el momento presente. La celebración actual (en adviento y Navidad) hace ver a "Cristo tan manso, tan sin majestad, estimado el postrero de los hombres" (Ser 1 -1-, 224ss). Todas estas venidas estimulan a la práctica de las obras de misericordia, como acogida actual de Cristo presente en el prójimo necesitado (ibídem., 523ss).

Esta doctrina sobre el adviento es una llamada a la renovación de la propia vida personal y comunitaria, al estilo de la llamada de los profetas y de Juan Bautista (cfr. Ser 2,1ss) "Mirad vuestra conciencia; pagá lo que debéis; perdoná las injurias; salí de vuestros pecados y no me quede nadie que no se confiese y comulgue para recebir al Niño que ha de nacer, que representa la Iglesia que nace" (Ser 1 -1-, 759ss).

Las celebraciones del Adviento ponen a la comunidad eclesial en vilo, como viviendo una realidad salvífica que se hace presente "Que aparejéis vuestras ánimas. Quiere Dios venir a morar en cada uno de los que estáis aquí. De aquí a ocho días habrá nacido, y lo oiréis llorar en el portal de Belén" (Ser 2, 58ss). La invitación se hace insistente "Aquel que se encerró en el vientre de la Virgen... quiere venir a cada uno de los que estáis aquí... Aparejadle, hermanos, vuestras ánimas, que quiere Dios venir a ellas" (ibídem, 128ss).

La posada que debe prepararse para la venida actual de Cristo, equivale a una vida caridad hacia Dios y hacia los hermanos. "No diga nadie "No quiero este huésped"; que con solo venir paga bien la posada" (Ser 2, 266ss). Es tiempo que representa a Jesús en seno de María llamado a la puerta de todos los corazones "¿Qué cosa es ver a Dios a la puerta de una ánima, llamando y rogando que le dé posada para bien de ella?" (Carta 87, 9ss).

Los deseos de renovación aceleran su venida. Puesto que se trata de la venida del "Deseado" de todas las gentes (cfr. Age_2:8), hay que "abrirle el seno de muestro deseo" (Carta 42, 106ss). El Señor viene según la medida de nuestro deseo, con tal que este deseo se concrete en una renovación verdadera por una vida transformada en amor (cfr. Carta 43).

La cercanía de la Navidad ayuda a imitar la actitud mariana de gozo, esperanza, generosidad. Como María, hay que "aparejar" todo lo necesario "Razón será... que estéis ocupadas en cómo aposentallo, en cómo le aparejar las mantillas, en cómo le aparejéis el pisebre y cómo le deis leche de vuestro corazón... porque, cuando viniere, no halle nada en vuestro corazón que le desagrade" (Ser 3, 46ss).

Referencias Deseos de Dios, Encarnación, Juan Bautista, juicio, Navidad, obras de misericordia, pobres, profetismo, renovación.


ESQUERDA BIFET, Juan, Diccionario de San Juan de Ávila, BAC, Madrid 1998

ADVIENTO Nuevo Diccionario de Liturgia, San Pablo, Madrid 1987



SUMARIO: I. Historia y significado del adviento - II. Estructura litúrgica del adviento en el misal de Pablo VI - III. Teología del adviento - IV. Espiritualidad del adviento - V. Pastoral del adviento.


I. Historia y significado del adviento [ ->Año litúrgico, II]
Son dudosos los verdaderos orígenes del adviento y escasos los conocimientos sobre el mismo. Habrá que distinguir entre elementos relativos a prácticas ascéticas y otros de carácter propiamente litúrgico; entre un adviento como preparación para la navidad y otro que celebra la venida gloriosa de Cristo (adviento escatológico). El adviento es un tiempo litúrgico típico de Occidente; Oriente cuenta sólo con una corta preparación de algunos días para la navidad.

Los datos sobre el adviento se remontan al s. IV, caracterizándose este tiempo tanto por su sentido escatológico como por ser preparación a la navidad; como consecuencia, se ha discutido no poco sobre el significado originario del adviento: unos han optado por la tesis del adviento orientado a la navidad y otros por la tesis del adviento escatológico. La reforma litúrgica del Vat. II intencionadamente ha querido salvar uno y otro carácter: el de preparación para la navidad y el de espera de la segunda venida de Cristo (cf Normas universales sobre el año litúrgico y sobre el calendario [texto en la edición oficial del Misal Romano Castellano] n. 39).


II. Estructura litúrgica del adviento en el Misal de Pablo VI
El adviento consta de cuatro domingos (en la liturgia  ->ambrosiana, en cambio, de seis). Aun manteniendo su unidad, como lo prueban los textos litúrgicos y sobre todo la casi diaria lectura del profeta Isaías, este tiempo está prácticamente integrado por dos períodos: 1) desde el primer domingo de adviento hasta el 16 de diciembre se resalta más el aspecto escatológico, orientando el espíritu hacia la espera de la gloriosa venida de Cristo; 2) del 17 al 24 de diciembre, tanto en la misa como en la  ->liturgia de las horas, todos los textos se orientan más directamente a preparar la navidad. Los dos prefacios de adviento expresan acertadamente las características de una y otra fase. En este tiempo litúrgico destacan de modo característico tres figuras bíblicas: el profeta Isaías, Juan Bautista y  ->María.

Una antiquísima y universal tradición ha asignado al adviento la lectura del profeta Isaías, ya que en él, más que en los restantes profetas, resuena el eco de la gran esperanza que confortara al pueblo elegido durante los difíciles y trascendentales siglos de su historia. Durante el adviento se proclaman las páginas más significativas del libro de Isaías, que constituyen un anuncio de esperanza perenne para los hombres de todos los tiempos.

Juan Bautista es el último de los profetas, resumiendo en su persona y en su palabra toda la historia anterior en el momento en que ésta alcanza su cumplimiento. Encarna perfectamente el espíritu del adviento. El es el signo de la intervención de Dios en su pueblo; como precursor del Mesías tiene la misión de preparar los caminos del Señor (cf ls 40,3), de anunciar a Israel el "conocimiento de la salvación" (cf Luc_1:77-78) y, sobre todo, de señalar a Cristo ya presente en medio de su pueblo (cf Jua_1:29-34).


El adviento, finalmente, es eltiempo litúrgico en el que (a diferencia de los restantes, en los que por desgracia está ausente) se pone felizmente de relieve la relación y cooperación de María en el misterio de la redención. Ello brota como desde dentro de la celebración misma y no por superposición ni por añadidura devocional. Con todo, no sería acertado llamar al adviento el mejor mes mariano, ya que este tiempo litúrgico es por esencia celebración del misterio de la venida del Señor, misterio al que está especialmente vinculada la cooperación de María.

La solemnidad de la Inmaculada Concepción, celebrada al comienzo del adviento (8 diciembre), no es un paréntesis o una ruptura de la unidad de este tiempo litúrgico, sino parte del misterio. María inmaculada es el prototipo de la humanidad redimida, el fruto más espléndido de la venida redentora de Cristo. Ella, como canta el prefacio de la solemnidad, quiso Dios que "fuese... comienzo e imagen de la iglesia, esposa de Cristo llena de juventud y de limpia hermosura".


III. Teología del adviento
El adviento encierra un rico contenido teológico; considera, efectivamente, todo el misterio desde la entrada del Señor en la historia hasta su final. Los diferentes aspectos del misterio se remiten unos a otros y se fusionan en una admirable unidad.

El adviento evoca ante todo la dimensión histórico-sacramental de la salvación [->Historia de la salvación]. El Dios del adviento es el Dios de la historia, el Dios que vino en plenitud para salvar al hombre en Jesús de Nazaret, en quien se revela el rostro del Padre (cf Jua_14:9). La dimensión histórica de la revelación recuerda la concretez de la plena salvación del hombre, de todo el hombre, de todos los hombres y, por tanto, la relación intrínseca entre  ->evangelización y  ->promoción humana.

El adviento es el tiempo litúrgico en el que se evidencia con fuerza la dimensión escatológica [ ->Escatología] del misterio cristiano. Dios nos ha destinado a la salvación (cf 1Ts_5:9), si bien se trata de una herencia que se revelará sólo al final de los tiempos (cf 1Pe_1:5). La historia es el lugar donde se actúan las promesas de Dios y está orientada hacia el día del Señor (cf 1Co_1:8; 1Co_5:5). Cristo vino en nuestra carne, se manifestó y reveló resucitado después de la muerte a los apóstoles y a los testigos escogidos por Dios (cf Heb_10:40-42) y aparecerá gloriosamente al final de los tiempos (Heb_1:11). Durante su peregrinación terrena, la iglesia vive incesantemente la tensión del ya sí de la salvación plenamente cumplida en Cristo y el todavía no de su actuación en nosotros y de su total manifestación con el retorno glorioso del Señor como juez y como salvador.

El adviento, finalmente, revelándonos las verdaderas, profundas y misteriosas dimensiones de la venida de Dios, nos recuerda al mismo tiempo el compromiso misionero de la iglesia y de todo cristiano por el advenimiento del reino de Dios. La misión de la iglesia de anunciar el evangelio a todas las gentes se funda esencialmente en el misterio de la venida de Cristo, enviado por el Padre, y en la venida del Espíritu Santo, enviado del Padre y del (o por el) Hijo.


IV. Espiritualidad del adviento
Con la liturgia del adviento, la comunidad cristiana está llamada avivir determinadas actitudes esenciales a la expresión evangélica de la vida: la vigilante y gozosa espera, la esperanza, la conversión.

La actitud de espera caracteriza a la iglesia y al cristiano, ya que el Dios de la revelación es el Dios de la promesa, que en Cristo ha mostrado su absoluta fidelidad al hombre (cf 2Co_1:20). Durante el adviento la iglesia no se pone al lado de los hebreos que esperaban al Mesías prometido, sino que vive la espera de Israel en niveles de realidad y de definitiva manifestación de esta realidad, que es Cristo. Ahora vemos "como en un espejo", pero llegará el día en que "veremos cara a cara" (1Co_13:12). La iglesia vive esta espera en actitud vigilante y gozosa. Por eso clama: "Maranatha: Ven, Señor Jesús" (Apo_22:17.20).

El adviento celebra, pues, al "Dios de la esperanza" (Rom_15:13) y vive la gozosa esperanza (cf Rom_8:24-25). El cántico que desde el primer domingo caracteriza al adviento es el del salmo 24: "A ti, Señor, levanto mi alma; Dios mío, en ti confío: no quede yo defraudado, que no triunfen de mí mis enemigos; pues los que esperan en ti no quedan defraudados".

Entrando en la historia, Dios interpela al hombre. La venida de Dios en Cristo exige conversión continua; la novedad del evangelio es una luz que reclama un pronto y decidido despertar del sueño (cf Rom_13:11-14). El tiempo de adviento, sobre todo a través de la predicación del Bautista, es una llamada a la conversión en orden a preparar los caminos del Señor y acoger al Señor que viene. El adviento, enseña a vivir esa actitud de los pobres de Yavé, de los mansos, los humildes, los disponibles, a quienes Jesús proclamó bienaventurados (cf Mat_5:3-12).


V. Pastoral del adviento
Sabiendo que, en nuestra sociedad industrial y consumista, este período coincide con el lanzamiento comercial de la campaña navideña, la pastoral del adviento debe por ello comprometerse a transmitir los valores y actitudes que mejor expresan la visión escatológica y trascendente de la vida. El adviento, con su mensaje de espera y esperanza en la venida del Señor, debe mover a las comunidades cristianas y a los fieles a afirmarse como signo alternativo de una sociedad en la que las áreas de la desesperación parecen más extensas que las del hambre y del subdesarrollo. La auténtica toma de conciencia de la dimensión escatológico-trascendente de la vida cristiana no debe mermar, sino incrementar, el compromiso de redimir la historia y de preparar, mediante el servicio a los hombres sobre la tierra, algo así como la materia para el reino de los cielos. En efecto, Cristo con el poder de su Espíritu actúa en el corazón de los hombres no sólo para despertar el anhelo del mundo futuro, sino también para inspirar, purificar y robustecer el compromiso, a fin de hacer más humana la vida terrena (cf GS 38). Si la pastoral se deja guiar e iluminar por estas profundas y estimulantes perspectivas teológicas, encontrará en la liturgia del tiempo de adviento un medio y una oportunidad para crear cristianos y comunidades que sepan ser alma del mundo.

[ ->Año litúrgico;  ->Tiempo y liturgia].

A. Bergamini
BIBLIOGRAFIA: AA.VV., Tiempo de Adviento, en Asambleas del Señor 2, Marova, Madrid 1965; AA.VV., Adviento, Dossiers del CPL 2, Barcelona 1978; Barth K., Adviento, Ed. Estudio, Madrid 1970; Farnes P., Las lecturas bíblicas en Adviento, en "Oración de las Horas" 12 (1983) 325-331; Ferro Calvo M., La celebración de la venida del Señor en el oficio hispánico, Instituto S. de Pastoral, Madrid 1972; González R., El Adviento en Galicia, en "Phase" 113 (1979) 377-385; Maertens Th., Pastoral litúrgica de Adviento y Cuaresma, Marova, Madrid 1965; Nocent A., Contemplar su gloria: 'Adviento, Navidad. Epifanía, Estela, Barcelona 1963; Celebrar a Jesucristo, 1. Introducción. Adviento, Sal Terrae, Santander 1979; Raquez O., Preparación para la fiesta de Navidad en la Liturgia Bizantina, en Asambleas del Señor 8, Marova, Madrid 1965, 7-20; Roche A., Adviento, Navidad, Epifanía. Esperanza y vigilancia, en "Phase" 48 (1968) 543-554; Ruiz de la Peña J.L., Tiempo de Adviento, tiempo de esperanza, en "Phase" 136 (1983), 291-298; Tena P., Pastoral de Adviento, Navidad y Epifanía, Estela, Barcelona 1964; El leccionario ferial de Adviento, en "Phase" 113 (1979), 387-395. '


D. Sartore - A, M. Triacca (eds.), Nuevo Diccionario de Liturgia, San Pablo, Madrid 1987

miércoles, 23 de noviembre de 2011

TEOLOGÍA Y ESPIRITUALIDAD DEL ADVIENTO



A la luz de la liturgia de la Iglesia y de sus contenidos podemos resumir algunas líneas del pensamiento teológico y de la vivencia existencial de este tiempo de gracia.
1. Adviento, tiempo de Cristo: la doble venida
La teología litúrgica del Adviento se mueve, en las dos líneas enunciadas por el Calendario romano: la espera de la Parusía, revivida con los textos mesiánicos escatológicos del AT y la perspectiva de Navidad que renueva la memoria de alguna de estas promesas ya cumplidas aunque si bien no definitivamente.
El tema de la espera es vivido en la Iglesia con la misma oración que resonaba en la asamblea cristiana primitiva: el Marana-tha (Ven Señor) o el Maran-athá (el Señor viene) de los textos de Pablo (1 Cor 16,22) y del Apocalipsis (Ap 22,20), que se encuentra también en la Didaché, y hoy en una de las aclamaciones de la oración eucarística. Todo el Adviento resuena como un "Marana-thá" en las diferentes modulaciones que esta oración adquiere en las preces de la Iglesia.
La palabra del Antiguo Testamento invita a repetir en la vida la espera de los justos que aguardaban al Mesías; la certeza de la venida de Cristo en la carne estimula a renovar la espera de la última aparición gloriosa en la que las promesas mesiánicas tendrán total cumplimiento ya que hasta hoy se han cumplido sólo parcialmente. El primer prefacio de Adviento canta espléndidamente esta compleja, pero verdadera realidad de la vida cristiana.
El tema de la espera del Mesías y la conmemoración de la preparación a este acontecimiento salvífico toma pronto su auge en los días feriales que preceden a la Navidad. La Iglesia se siente sumergida en la lectura profética de los oráculos mesiánicos. Hace memoria de nuestros Padres en la Fe, patrísticas y profetas, escucha a Isaías, recuerda el pequeño núcleo de los anawim de Yahvé que está allí para esperarle: Zacarías, Isabel, Juan, José, María.
El Adviento resulta así como una intensa y concreta celebración de la larga espera en la historia de la salvación, como el descubrimiento del misterio de Cristo presente en cada página del AT, del Génesis hasta los últimos libros Sapienciales. Es vivir la historia pasada vuelta y orientada hacia el Cristo escondido en el AT que sugiere la lectura de nuestra historia como una presencia y una espera de Cristo que viene.
En el hoy de la Iglesia, Adviento es como un redescubrir la centralidad de Cristo en la historia de la salvación. Se recuerdan sus títulos mesiánicos a través de las lecturas bíblicas y las antífonas: Mesías, Libertador, Salvador, Esperado de las naciones, Anunciado por los profetas... En sus títulos y funciones Cristo, revelado por el Padre, se convierte en el personaje central, la clave del arco de una historia, de la historia de la salvación.
2. Adviento, tiempo del Espíritu: el Precursor y los precursores
Adviento es tiempo del Espíritu Santo. El verdadero "Prodromos", Precursor de Cristo en su primera venida es el Espíritu Santo; él es ya el Precursor de la segunda venida. El ha hablado por medio de los profetas, ha inspirado los oráculos mesiánicos, ha anticipado con sus primicias de alegría la venida de Cristo en sus protagonistas como Zacarías, Isabel, Juan, María; el Evangelio de Lucas lo demuestra en su primer capítulo, cuando todo parece un anticipado Pentecostés para los últimos del AT, en la profecía y en la alabanza del Benedictus y del Magnificat.Y en la espera del nuevo adviento la Iglesia pronuncia su "Ven Señor", como Esposa, guiada por el Espíritu Santo (Ap 22,20).
El protagonismo del Espíritu se transmite a sus órganos vivos que son los hombres y mujeres carismáticos del AT que ya enlazan la Antigua Alianza con la Nueva.
En esta luz debemos recordar "los precursores" del Mesías, sin olvidar al "Precursor", que es el Espíritu Santo del Adviento.
3. Adviento tiempo por excelencia de María, la Virgen de la espera
Es el tiempo mariano por excelencia del Año litúrgico. Lo ha expresado con toda autoridad Pablo VI en la Marialis Cultus, nn. 3-4.
Históricamente la memoria de María en la liturgia ha surgido con la lectura del Evangelio de la Anunciación antes de Navidad en el que con razón ha sido llamado el domingo mariano prenatalicio.
Hoy el Adviento ha recuperado de lleno este sentido con una serie de elementos marianos de la liturgia, que podemos sintetizar de la siguiente manera:
- Desde los primeros días del Adviento hay elementos que recuerdan la espera y la acogida del misterio de Cristo por parte de la Virgen de Nazaret.
- La solemnidad de la Inmaculada Concepción se celebra como "preparación radical a la venida del Salvador y feliz principio de la Iglesia sin mancha ni arruga ("Marialis Cultus 3).
- En las ferias del 17 al 24 el protagonismo litúrgico de la Virgen es muy característico en las lecturas bíblicas, en el tercer prefacio de Adviento que recuerda la espera de la Madre, en algunas oraciones, como la del 20 de diciembre que nos trae un antiguo texto del Rótulo de Ravena o en la oración sobre las ofrendas del IV domingo que es una epíclesis significativa que une el misterio eucarístico con el misterio de Navidad en un paralelismo entre María y la Iglesia en la obra del único Espíritu.
En una hermosa síntesis de títulos. I. Calabuig presenta en estas pinceladas la figura de la Virgen del Adviento:
- Es la "llena de gracia", la "bendita entre las mujeres", la "Virgen", la "Esposa de Jesús", la "sierva del Señor".
- Es la mujer nueva, la nueva Eva que restablece y recapitula en el designio de Dios por la obediencia de la fe el misterio de la salvación.
- Es la Hija de Sion, la que representa el Antiguo y el Nuevo Israel.
- Es la Virgen del Fiat, la Virgen fecunda. Es la Virgen de la escucha y de la acogida.
En su ejemplaridad hacia la Iglesia, María es plenamente la Virgen del Adviento en la doble dimensión que tiene siempre en la liturgia su memoria: presencia y ejemplaridad. Presencia litúrgica en la palabra y en la oración, para una memoria grata de Aquélla que ha transformado la espera en presencia, la promesa en don. Memoria de ejemplaridad para una Iglesia que quiere vivir como María la nueva presencia de Cristo, con el Adviento y la Navidad en el mundo de hoy.
En la feliz subordinación de María a Cristo y en la necesaria unión con el misterio de la Iglesia, Adviento es el tiempo de la Hija de Sión, Virgen de la espera que en el "Fiat" anticipa el Marana thá de la Esposa; como Madre del Verbo Encarnado, humanidad cómplice de Dios, ha hecho posible su ingreso definitivo, en el mundo y en la historia del hombre.
4. Adviento, tiempo de la Iglesia misionera y peregrina
La liturgia con su realismo y sus contenidos pone a la Iglesia en un tiempo de características expresiones espirituales: la espera, la esperanza, la oración por la salvación universal.
Se corre el riesgo de percibir el Adviento como un tiempo un tanto ficticio. La tentación y la superación son propuestas así por A. Nocent: "Preparándonos a la fiesta de Navidad, nosotros pensamos en los justos del AT que han esperado la primera venida del Mesías. Leemos los oráculos de sus profetas, cantamos sus salmos y recitamos sus oraciones. Pero nosotros no hacemos esto poniéndonos en su lugar como si el Mesías no hubiese venido todavía, sino para apreciar mejor el don de la salvación que nos ha traído. El Adviento para nosotros es un tiempo real. Podemos recitar con toda verdad la oración de los justos del AT y esperar el cumplimiento de las profecías porque éstas no se han realizado todavía plenamente; se cumplirán con la segunda venida del Señor. Debemos esperar y preparar esta última venida".
En el realismo del Adviento podemos recoger algunas actualizaciones que ofrecen realismo a la oración litúrgica y a la participación de la comunidad:
- La Iglesia ora por un Adviento pleno y definitivo, por una venida de Cristo para todos los pueblos de la tierra que todavía no han conocido al Mesías o no lo reconocen aún al único Salvador.
- La Iglesia recupera en el Adviento su misión de anuncio del Mesías a todas las gentes y la conciencia de ser "reserva de esperanza" para toda la humanidad, con la afirmación de que la salvación definitiva del mundo debe venir de Cristo con su definitiva presencia escatológica.
- En un mundo marcado por guerras y contrastes, las experiencias del pueblo de Israel y las esperas mesiánicas, las imágenes utópicas de la paz y de la concordia, se convierten reales en la historia de la Iglesia de hoy que posee la actual "profecía" del Mesías Libertador.
- En la renovada conciencia de que Dios no desdice sus promesas -¡lo confirma la Navidad!- la Iglesia a través del Adviento renueva su misión escatológica para el mundo, ejercita su esperanza, proyecta a todos los hombres hacia un futuro mesiánico del cual la Navidad es primicia y confirmación preciosa.
A la luz del misterio de María, la Virgen del Adviento, la Iglesia vive en este tiempo litúrgico la experiencia de ser ahora "como una María histórica" que posee y da a los hombres la presencia y la gracia del Salvador.
La espiritualidad del Adviento resulta así una espiritualidad comprometida, un esfuerzo hecho por la comunidad para recuperar la conciencia de ser Iglesia para el mundo, reserva de esperanza y de gozo. Más aún, de ser Iglesia para Cristo, Esposa vigilante en la oración y exultante en la alabanza del Señor que viene.
J. CASTELLANO
ORACIÓN DE LAS HORAS
Noviembre 1989, 11, 325
mercaba.com

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Consejos para la dirección espiritual.


TEMA 4 Consejos para la dirección espiritual.


“La vida espiritual, como trabajo privilegiado de la gracia, es algo sumamente original y siempre nuevo en la creación, donde Dios no se repite nunca”.

Esquema de los puntos a tratar en este tema

1. Consejos esenciales para la dirección espiritual
a) Saber acoger
b) Saber escuchar
c) Saber comprender
d) Contar ante todo con la asistencia del Espíritu Santo

2. Características de la dirección espiritual
a) Dirigir
b) Motivar
c) Exigir

3. Desarrollo normal de la dirección espiritual
a) Periodicidad
b) Comienzo de la Dirección espiritual
c) Algunas observaciones para las primeras entrevistas.

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Deseamos ser eficaces como directores espirituales y es a través de la dirección espiritual donde podemos acompañar y llevar al seglar por el camino que el Señor amorosamente lo ha llamado. Para lograrlo, junto con la gracia divina como punto de partida y elemento esencial de santificación, hay que aplicar un método. Este método incluye los siguientes elementos:

Saber acoger

Saber acoger significa crear un ambiente de confianza en el orientado por el modo de tratarlo: con amabilidad, con respeto, dándole su lugar. El aspecto humano cuenta mucho (afabilidad, rostro alegre y amable) y favorece la confianza. El primer contacto es decisivo, quien desde el primer momento se sienta atendido, en un clima de apertura, confianza y serenidad.

Saber escuchar

Es algo sumamente costoso, ya que en el papel de director, cuando se intuye lo que quiere decir la persona inmediatamente formulamos los buenos “consejos” que debemos decir. ¡No! Hay que dejar hablar, que se expresen, que abran su espíritu y sobre todo propiciar esta apertura y desahogo con nuestro interés sincero.

Saber escuchar significa no sólo oírles, sino también
a) Favorecer la apertura. Casi lo único que requiere el individuo, en relación con su vida interior, es que se le permita hablar. A veces las personas y especialmente los jóvenes presentan situaciones personales que a simple vista parecen irrelevantes. Tiene sin embargo su trasfondo. Si dejamos hablar e incluso preguntar ¿algo más?, casi siempre las personas con problemas explotan, pero luego se serena. El verdadero formador, el verdadero director espiritual, por su carácter sacerdotal, religioso, carisma y por los ingredientes de bondad, paciencia y generosidad, debe lograr esta apertura en las almas.

b) Prestar interés y escuchar con paciencia. Escuchar no es sólo guardar silencio, es sobre todo prestar interés y atención a lo que el orientado está tratando. Cualquier otro compromiso o interrupción en ese momento, es menos importante. ¡Qué gran necesidad tienen los seglares de ser escuchados!

Saber comprender

Que es meterse de lleno en la situación, circunstancias y problemática del dirigido pero desde su realidad. Comprender no significa, por supuesto, estar de acuerdo con sus defectos y malos comportamientos. Comprender significa captar todas las implicaciones intrínsecas de sus dificultades o comportamientos, es decir llegar a las causas. Hay que ir hasta el fondo para dar a cada quien la medida exacta que necesita.
En una ocasión preguntaba Chesterton:
- ¿Qué necesitas para enseñar a Pedro matemáticas?
- Saber matemáticas, respondieron.
- No, Conocer a Pedro, replicó Chesterton.
Por lo tanto conocer para comprender. Basta ver el ejemplo de Jesucristo. El Buen Pastor. ¡Cómo conoce a sus apóstoles! Sus ovejas a su vez, también le conocen a Él y siguen su voz.

Hay tres personajes en la dirección espiritual: el dirigido, el director espiritual y el Espíritu Santo.

Es importante tener claro, ante esta corriente liberal que quiere suplir la dirección espiritual por asesoría o consejo solamente, que la dirección espiritual se trata de la sumisión del dirigido y del director a la acción del Espíritu Santo, para descubrir juntos el plan de Dios y recibir la luz y la fortaleza para realizarlo.
El director espiritual no da consulta psicológica, no es un impositivo, pero tampoco es un espectador; actúa, pero guiado por el Espíritu Santo. A su vez el dirigido va a exponer su vida a la luz de Dios para que sea está quien dirija.

2. Tres características escalonadas de la dirección espiritual: dirigir, motivar y exigir

Dirigir: Se trata de conducir a cada alma al plan de Dios sobre su vida. Significa, por tanto encauzar todo el potencial, todos los talentos, todas las energías espirituales, humanas y afectivas de la persona para realizar ese plan. Lograr que un alma ponga a Dios en el primer lugar e su vida implica remover muchos obstáculos y segundo encauzar la riqueza personal a ideales altos y nobles.

Motivar: las personas siempre se guían por motivos y no por sentimientos. Dar razones y no sólo mover los sentimientos, porque lo primero es estable y lo segundo pasajero. Los motivos variarán en su presentación y profundidad según la edad, la psicología de cada persona, pero siempre deberá ser Cristo, el amor a la Iglesia, la salvación del alma, el plan de Dios sobre la propia vida, encauzarlos a grandes ideales. Cuando los dirigidos están convencidos de lo que deben realizar y del porqué lo deben realizar las decisiones que tomen en la vida serán profundas y duraderas.

Exigir: no significa regañar o tratar con dureza, de este modo un director espiritual no adelanta nada, e incluso puede ser contraproducente, sobre todo si no hay motivos de fondo en los que se apoye su exigencia. Exigir presupone que se ha dirigido con un plan concreto de santificación y se ha dado motivos profundos para realizarlo.

Exigir quiere decir dar formar, dar la respuesta adecuada y la solución precisa a sus inquietudes, problemas, necesidades. No dar respuestas prefabricas. Exigir no es dar un consejo maravilloso o sorprendente. Tampoco es tratar a todos con la misma medida, por ello es importante tratar de conocer a cada alma que dirigimos. Conocer para detectar la problemática de fondo, analizar las causas profundas. Hasta que no se llega a las causas profundas, todo será un barniz, de diversas capas. Si tocamos fondo con el dirigido entonces comenzamos a exigir.

Y cuando se ha tocado fondo, el siguiente paso es la exigencia consistirá en ir dosificándola. No se puede exigir todo de golpe, debe ser algo progresivo. En resumen: que mi dirección o respuesta no sólo satisfaga, sino comprometa de una manera profunda y progresiva.

Saber exigir, he ahí el gran secreto para lograr entregas generosas. No debemos tener miedo ya que lo mejor que podemos querer para una persona, como directores espirituales, es que alcance su plenitud vocacional, la realización completa del plan de Dios sobre su vida.

La dirección espiritual tiene muy poco de espectacular y sí exige mucho esfuerzo. Con frecuencia se hace agotadora e ingrata porque no se palpan inmediatamente los frutos. No hay que desanimarse. A veces se advierten los milagros descarados de la gracia de Dios, pero generalmente se requiere de mucha confianza en Dios. El labrador, labra, no mira atrás a ver si la semilla recién sembrada está ya creciendo. Sabe esperar, sabe tener paciencia.

Como segunda parte de nuestro tema trataremos el desarrollo normal de una dirección espiritual. Nos apoya el texto del padre Luis Maria Mendizaval S.J.


3. Desarrollo normal de una dirección espiritual

Periodicidad


A los principios de una vida fervorosa, parece conveniente que la dirección espiritual tenga una frecuencia semanal o quincenal; frecuencia que progresivamente irá disminuyendo en proporción al avance en la vida espiritual.

En ese período inicial suele ser conveniente fijar el día y hora de la siguiente entrevista, y, a las veces, urgir al dirigido, llamándole si es preciso, porque no raras veces suelen aparecer timideces e inhibiciones. Con los que ya van madurando espiritualmente, no conviene ya tratar en tiempos tan concretos, porque generalmente las cosas proceden normalmente y con prontitud de espíritu, hallándose como se hallan en un período de plena aplicación y progreso tranquilo. Sólo en el caso de que apareciera una crisis de debilitación o de crecimiento, habrá que establecer contactos más frecuentes y concertados a medida de la necesidad.

Hay que cuidar también que la entrevista misma no quede encanalada sistemáticamente en un horario restringido, oprimiendo con la impresión de prisa y mecanización, porque es importante que se desenvuelva en atmósfera de espiritual espontaneidad. Esta espontaneidad se desvanece cuando la persona se siente «número» o puro cliente. Como se pierde también con la impresión agobiadora de la prisa. Con todo, cada entrevista conviene que sea breve cuando el dirigido procede normalmente sin problemas especiales. Cuando haya problemas, se proporcionará a la exigencia del problema mismo.

Comienzo de la dirección

De ordinario, la dirección espiritual no suele empezar por una proposición formal de ser dirigido, sino por la presentación de algún problema concreto personal de espíritu. Es el camino que hay que aconsejar normalmente a quien busca director: que no pida desde el principio dirección habitual, sino que lo tantee a través de algunos planteamientos concretos para ver si le da garantías de una posible buena dirección. Lo cual sucederá si desde las primeras respuestas intuye la competencia del director, que se manifiesta en la inteligencia y solución de su caso, aun cuando el problema no se haya tocado todavía en toda su profundidad.

Cuando se comienza formalmente una dirección seria, hay que conocer con atención el estado espiritual del dirigido. El modo de proceder será distinto si se trata de un comienzo absoluto de dirección espiritual en quien hasta ahora nunca la había tenido, o si se trata de quien ha tenido ya dirección y ahora comienza su relación directiva con este director concreto.

En el primer caso, de comienzo absoluto de dirección, hay que hacerse cargo de la vida espiritual que hasta el momento ha llevado, aunque sea de manera rudimentaria. Porque, sin duda, tenía alguna vida espiritual, aunque tenue. Para ello le ayudará a hacer una especie de confesión ascética a base de un examen espiritual de sus antecedentes. Porque cuanto mejor conozca sus cosas interiores y exteriores, con tanto mayor amor y solicitud le podrá ayudar.

Si se trata del comienzo de la dirección de una persona que ya antes ha tenido director, no conviene, normalmente, volver a mirar sistemáticamente hacia atrás. La que hemos llamado confesión ascética no se debe repetir en cada cambio de director, a no ser que haya alguna razón concreta poderosa. El nuevo director no tiene que comenzar desde el principio, como si no valiera nada cuanto hasta el momento se ha hecho, sino que tiene que tomar a la persona tal como se encuentra en el momento actual. El inquirir demasiado en las cosas pasadas sería signo de falta de aptitud en el director. Debe considerarlas como secreto entre Dios y el hombre, que el mismo Dios no, quiere que se manifiesten sin causa razonable y proporcionada. En estos casos, el director debe reconocer el estado actual de espíritu y entenderlo, a fin de poder colaborar a la continuación de cuanto Dios ha obrado en el dirigido a través de la acción de sus predecesores”.

Esta primera inspección de la conciencia debe estar esencialmente ordenada al bien del dirigido, en orden a continuar su evolución espiritual propia. La vida espiritual, como trabajo privilegiado de la gracia, es algo sumamente original y siempre nuevo en la creación, donde Dios no se repite nunca. De esta primera manifestación debe sacar el director el conocimiento de las relaciones actuales de intimidad entre Dios y el nuevo dirigido y comunicarle a éste un sentido de confianza en los caminos del Señor.

Al término de ella podrá, quizás, ser oportuno prevenirle sobre la impresión que puede seguirse en él a esta manifestación de su conciencia, como de cierto despecho por haberse abierto en su interior a otro; y sugerirle que no tenga dificultad en contar luego los sentimientos de antipatía que con esta ocasión hayan brotado en él, para superarlo más fácilmente.

Y ¿qué decir de una confesión general sacramental? El director, al comienzo de la dirección, no exija confesión general ni la admita, a no ser que el dirigido mismo se la pida con motivo razonable. Si se trata de la primera dirección que este dirigido tiene, es bueno que después de algún tiempo haga tal confesión general. Pero, si ya la ha hecho otra vez, normalmente no hay que repetirla. 

Observaciones para las primeras direcciones espirituales

Hay que comenzar a trabajar desde el principio. Ante todo, hay que procurar crear un ambiente de confianza, para evitar inhibiciones.Superar cuanto pueda parecer artificial, demasiado formulista, para llegar a un auténtico contacto personal con acogida cordial.

Guárdese el director de pronunciar juicios definitivos a raíz de las primeras entrevistas y evite incluso dar la impresión de que se los ha formado interiormente. Igualmente, evite la tentación de clasificar al dirigido en las fichas de determinada categoría psicológica o espiritual. Sería fatal para el proceso ulterior de dirección. Desconfíe de las primeras impresiones. En la dirección se encuentra uno con grandes sorpresas por la excesiva precipitación con que se ha juzgado inicialmente. El daño mayor suele consistir en que uno se forma una idea desde el principio, y ya contempla desde ella cuantos datos se van acumulando, prejuzgándolos partidistamente desde su postura ya tomada y deformando totalmente su visión de los hechos y de la persona. El director debe estar libre de esquemas prejudiciales.

Desde el principio debe colocarse y actuar en plena luz evangélica; no como psicólogo, o doctor, o humanista, o teólogo, o persona culta, sino claramente como un director espiritual. Ni siquiera como amigo natural. En consecuencia, exprese desde el principio enjuiciamientos evangélicos de las situaciones concretas.

Muestre desde las primeras entrevistas una confianza plena en la sincera voluntad del dirigido, como la manifestó Cristo en el caso de Natanael: «Mira un israelita verdaderamente sin dolo» (Jn 1,47). Si al principio se admite o se deja transparentar la menor desconfianza, se acabó la dirección. Esté convencido el director de que, si hay cosas no totalmente perfectas, hay, sin embargo, muchas buenas.

Patentice su fe cierta en la victoria de Dios, que está ya en acción por la presencia de su fervor en el dirigido. Muestre su convencimiento de la acción de la gracia en su buena voluntad y en sus deseos, que él debe fomentar y cuidar. La fuerza de este convencimiento es enorme, porque, si el dirigido se siente acogido y juzgado con benignidad, se expresará con más facilidad.

Deje ver también, por los medios oportunos, la estima que tiene del dirigido. Cada persona, incluso cuando aparece orgullosa, agitada, en postura crítica ante todo, etc., en el fondo solitario de sí misma tiene un juicio muy desfavorable de sí y sufre de pusilanimidad. Conoce algo de sí mismo y de las propias debilidades. En el fondo tiene la impresión de que, si le conocieran como es en su interior, le menospreciarían. En la entrevista espiritual, manifestando su conciencia, este hombre ha hecho un esfuerzo y empieza a revelar su interior; cómo él se ve a la luz de Dios. Lo hace, naturalmente, con cierto temor, porque ha llegado el momento de pasar la prueba: va a haber una persona que conocerá sus debilidades, su realidad interior; que le juzgará como intérprete del Señor, a la luz de Dios. Es, pues, importante el reflejar sinceramente el juicio alentador y favorable de Dios mostrando la estima auténtica que esa persona sigue mereciendo. Cuando, después de una manifestación de debilidades que parecían humillantes, entiende que el director le estima verdadera y sinceramente, esto le abre enormemente el corazón y la esperanza.

Pero ha de ser una estima auténtica, no fingida. Y una estima espiritual en el campo mismo de la manifestación hecha. Se entiende que desde el principio es una estima verdadera porque llega a la bondad escondida, porque detrás de todo aquello descubre una riqueza de bondad por razón de la gracia y dones de Dios, que están actuando en medio de las miserias y limitaciones humanas. Es conducido por el Espíritu Santo con un sentido de docilidad al director espiritual para ser ayudado. Esta disponibilidad es expresión delicada de la fe, que obra por la caridad. Le da al dirigido un valor transcendente ante los ojos de Dios, aun cuando la perla preciosa está cubierta de desórdenes, ignorancias e ilusiones. Por tanto, es una estima que no hincha: visión espiritual positiva de su espíritu. Llegará el momento de insistir; con la luz conveniente, en los impedimentos de ese espíritu.
Esa estima hay que mostrarla más con una sugerencia apta que de manera explícita. No hay que caer en el vicio de la adulación, alabando desordenadamente.

Una última observación psicológica acerca de la postura en este momento de la dirección. El director debe evitar absolutamente el comenzar ponderando y alabando las cualidades exteriores y humanas del dirigido según esas cualidades son comúnmente reconocidas y admiradas socialmente. Porque muchas veces ahí precisamente está el conflicto de esa persona: bajo brillantes éxitos exteriores, esconde heridas espirituales humillantes. La alabanza inicial del director puede hacer más difícil y hasta psicológicamente imposible la ulterior manifestación de sus debilidades. En cambio, más adelante podrá mostrar la estima que, bajo la luz evangélica, le merecen esas cualidades, como del resto de toda su persona.


Cuestionario y participación en los foros

Cuestionario personal: (para uso personal, no se publica en los foros del curso)

¿Cómo es mi personalidad cristiana? ¿Cultivo ideales nobles? ¿Soy equilibrado? ¿Tengo fuerza y profundidad en mis pensamientos? ¿Me caracterizo por la bondad de corazón, la rectitud de conciencia, la honradez, la sencillez, la paciencia, la mansedumbre, la generosidad? ¿Son cristianos mis criterios? ¿Es el cumplimiento de la voluntad de Dios la norma de mi vida?
¿Cómo es mi madurez emocional? ¿Deficiente? ¿Falta de equilibrio? ¿Tengo dominio de impulsos y tenciones? ¿Cómo es mi responsabilidad por causa de los sentimientos? ¿Me baso en la emotividad para no comprometerme?

Discute en los foros del curso las dos preguntas que te formulamos a continuación (la respuesta sí se publica en los foros del curso)

“La psicología del desarrollo evolutivo, las técnicas de escucha, la diagnosis, conocimiento y tratamiento de las principales enfermedades mentales, algunas dinámicas de grupos, las nuevas posibilidades de desarrollo que ofrece el mundo moderno, son sólo algunos de los muchos tópicos en los que conviene estar bien informado y enriquecen de alguna manera al director espiritual.

Pero en este enriquecimiento también se encuentran, como en toda realidad humana, la parte de las sombras. Algunos han querido hacer girar la dirección espiritual únicamente en base a las aportaciones de estas ciencias, reduciendo la dirección espiritual, en algunos casos, a un ejercicio de la psicología. O, basándose en una psicología no fundamentada en una correcta visión antropológica del hombre, cerrada al trascendente, ignorante de la acción de la gracia en las almas y alejada del cultivo de las virtudes humanas, pueden haber caído en algunas interpretaciones de la dirección espiritual no del todo adecuadas para un católico o una persona consagrada. Podemos decir, que han caído en una visión meramente horizontalista de la dirección espiritual”.